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Las cuentas pendientes de la
modernización. |
Esta
publicación se realizó gracias al apoyo financiero de la Oficina de Desarrollo
Regional y Sostenible, América Latina y el Caribe (LAC) de la Agencia para el
Desarrollo Internacional de los Estados Unidos según Disposición No.
LAG-G-00-98-00048-00 y de la Unión Europea. El trabajo refleja exclusivamente
las opiniones del autor/ de la autora y por tanto no representa en ningún caso
la opinión de las instituciones involucradas.
CA 2020: Documento de trabajo #
5
Juan Pablo Pérez Sáinz
Las cuentas pendientes de la
modernización.
tendencias laborales y sus
efectos
sobre la integración social en
el
istmo centroamericano
Juan Pablo Pérez Sáinz
Las cuentas pendientes de la modernización. Tendencias laborales y sus
efectos sobre la integración social en el Istmo Centroamericano
Hamburg: Institut für
Iberoamerika-Kunde 2000
(CA 2020: Documento de trabajo # 5)
ISBN 3-926446-70-6
Juan Pablo Pérez Sáinz; Doctor en
Economía, Vrije Universiteit, Bruselas, Bélgica. Actualmente es Investigador de
la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) en Costa Rica. Su
trabajo se centra en mercados laborales, pobreza y desarrollo económico local.
Resumen ejecutivo
1
Executive summary
5
1.
Introducción 9
2.
Empleo, pobreza e inequidad en
los años 90 12
2.1.
Las
reformas laborales
13
2.2.
La
dinámica del empleo
21
2.3.
La
evolución de la pobreza y de la distribución del ingreso 34
3.
El futuro inmediato del empleo y
de la integración social 42
3.1. Salarización:
entre la precariedad y la empleabilidad 44
3.2. Exclusión:
entre el desempleo y la emigración 48
3.3. Autogeneración
de empleo: entre la pobreza y el desarrollo local 50
3.4. La
ciudadanía laboral
52
4. Conclusiones
57
Bibliografía
62
1. Las
primeras décadas de modernización en Centroamérica estuvieron signadas por
tres hechos. Primero, hubo modernización laboral en toda la región, aunque sus
expresiones fueron desiguales y no todos los países alcanzaron igual nivel de
modernización. Segundo, en el agro se consolidó una dinámica perversa cuyo
resultado principal fue la generalización de la pobreza. Y tercero, las
posibilidades de contrarrestar esta dinámica mediante el desarrollo de empleo
formal en las ciudades fueron insuficiente y de corta duración, por lo que las
zonas urbanas se vieron también sumidas a tendencias laborales generadoras más
bien de pauperización. La crisis de este proceso, durante la pasada década de
los 80, supuso que, con la excepción costarricense, los mercados laborales se
ajustaran a través de mecanismos distintos al desempleo abierto. Migración
internacional e informalidad fueron las principales expresiones de tal ajuste.
Este último fenómeno acentuaba la tendencia de precarización del empleo y en
concreto la territorialidad por excelencia de este tipo de modernización. La
principal consecuencia fue un incremento de la pauperización que no siempre
fue acompañada con un deterioro de la desigualdad.
2. En
la década de los 90, en el nuevo contexto de ajuste y globalización, ha
acaecido cierta redefinición institucional del mercado de trabajo respecto de
la que habría varios fenómenos que resaltar. Lo primero es que parece que ha
habido una recuperación del salario mínimo como referente básico aunque, en
ciertos países, su capacidad adquisitiva deja mucho que desear. Segundo, las
reformas laborales no apuntan hacia una desregulación radical, con la
excepción panameña. De hecho, históricamente, los mercados de trabajo centroamericanos,
en la práctica y por razones del desarrollo político, han estado muy poco
regulados y han tenido, por tanto, poca rigidez institucional. Es importante
resaltar que, por el contrario, en estos años ha habido un cierto
reconocimiento del sujeto sindical producto de la transnacionalización de la
acción sindical que ha inducido, paradójicamente, la propia globalización. No
obstante, los logros legales obtenidos no parecen traducirse en la práctica.
Tercero, las experiencias de reducción de empleo público son disímiles y
remiten a las dinámicas de la propia reforma del Estado. Obviamente, el caso
nicaragüense se destaca en este sentido. Y cuarto, los intentos de generación
de empleo emergente, a partir de la propia iniciativa estatal, sólo han tenido
relevancia en Honduras y Nicaragua. Pero, la evidencia apunta a que se trata de
empleo temporal y precario que no resuelve ni problemas de desempleo y ni de
pobreza.
3. En
cuanto a la dinámica del empleo, y del lado de la oferta, lo más relevante a
resaltar es el mantenimiento de la tendencia histórica hacia la feminización
del mercado laboral ya acentuada desde la crisis de los 80. Del lado de la
demanda, y en términos de empleo rural, se detecta un proceso generalizado de
descampesinización combinado con la importancia creciente de actividades no
agrícolas. En cuanto al empleo urbano, lo más significativo es la pérdida de
importancia relativa del empleo público. El autoempleo sigue jugando su función
de ajuste del mercado laboral y los nuevos ejes acumulativos, referidos a
actividades transables, han generado dinámicas ocupacionales importantes en la
nueva industria y en el turismo, pero no así en las nuevas agroexportaciones.
4.
Para los países que existe información, la pobreza se ha reducido en aquellos
que históricamente han tenido menores niveles de pauperización (Costa Rica y
Panamá) mientras que en los restantes (El Salvador y Honduras) se han mantenido
las mismas tasas de inicio de la década. Distinguiendo espacialmente, hay
reducción generalizada con la excepción de las zonas rurales en El Salvador y
urbanas en Honduras. En cuanto a la distribución del ingreso acaece la misma
distinción entre países pero con signos distintos: mejora en Honduras y El Salvador
pero incremento de la inequidad en los otros dos casos. Hay que resaltar el
crecimiento del bienestar en el caso cuscatleco que insinúa, a título de
hipótesis, el impacto redistributivo de las remesas.
5. En
el futuro inmediato se pueden identificar varias tendencias básicas en términos
de dinámicas laborales y su impacto en términos de integración social:
·
el empleo formal perderá su
centralidad con efectos de desintegración relativa. Este fenómeno se
expresaría de manera más nítida en el caso del empleo público;
·
se detecta una nueva
proletarización ligada a los nuevos ejes acumulativos emergentes en actividades
como nuevas agro exportaciones, industrialización exportadora y turismo. Es un
proceso heterogéneo con dos polos básicos: por un lado, empleos precarios con
consecuencias del mismo tipo en términos de integración social; y por otro
lado, una fuerza de trabajo altamente empleable con movilidad social
ascendente;
·
el desempleo estructural se
manifestará como rasgo propio del nuevo modelo acumulativo afectando
principalmente a mujeres y, sobre todo, a jóvenes. Sus consecuencias
desintegradoras son obvias;
·
la migración, tanto extra como
intraregional, seguirá constituyendo uno de los principales mecanismos de
ajuste del mercado laboral en algunos países. Las remesas generadas podrían
tener un impacto importante para contener la pobreza e, incluso, para
disminuirla;
·
persistirá un núcleo duro de
pobreza estructural que seguirá afectando a las actividades de baja
productividad: campesinado y autoempleo urbano de subsistencia. Esta
problemática se ha agravado, en los casos nicaragüense y hondureño, por los
efectos devastadores del huracán Mitch;
·
la autogeneración de empleo
puede tener una expresión dinámica, en términos de incorporación al proceso
globalizador, a través del desarrollo y consolidación de aglomeraciones territoriales
de pequeñas empresas. Las dinámicas laborales y sociales estarán signadas,
ante todo, por su naturaleza local.
6.
Estas tendencias plantean la cuestión de la ciudadanía laboral como la
problemática socio-laboral estratégica para el futuro inmediato. Cuatro son los
aspectos claves a considerar. Primero, si bien en la actualidad hay énfasis en
los deberes (empleabilidad) no hay que olvidar los derechos laborales. Segundo,
la territorialidad de la ciudadanía laboral no se circunscribe al marco
nacional, sino que se proyecta transnacionalmente (a través de la migración) y
también se fragmenta localmente. Tercero, emergen múltiples actores donde
destaca el empresariado que está llamado a asumir la centralidad de la nueva
acción social. En este sentido, la ciudadanía laboral debe ser incorporada a la
cultura empresarial. Y cuarto, la ciudadanía laboral sólo puede ser viable
dentro de un modelo de acción social que combine la maximización de
oportunidades que ofrece la globalización con la minimización de riesgos que,
ineludiblemente, conlleva.
7. El
conjunto de tendencias explicitado en el punto previo al anterior plantea toda
un conjunto de desafíos en términos de intervención:
·
el desempleo y sus efectos
desintegradores pueden limitarse a través del incremento de la empleabilidad de
los jóvenes;
·
las posibilidades de reducir la
integración social precaria de los migrantes intrarregionales pasa por el
reconocimiento de la ciudadanía laboral a nivel centroamericano;
·
el desarrollo de dinámicas de
salarización, sustentadas en la empleabilidad y que limiten la precariedad
laboral, se pueden lograr a base de vías “altas” de acumulación orientadas
hacia el uso capital humano construido sobre competencias. Esto depende de la
configuración de una coalición que apueste por una modernización globalizada
sustentable y equitativa;
·
la generalización de la pobreza
en varios países de la región supone la necesidad de repensar el alcance
universalista de las políticas de combate a la pauperización. Por su parte, la
vulnerabilidad remite al mercado laboral y a las dos caras de la ciudadanía
social: mantener derechos mínimos y acrecentar empleabilidad;
·
el desarrollo sustentable de
aglomeraciones territoriales de pequeñas empresas pasa por el desarrollo local.
Es decir, es necesario que las mismas encuentren un entorno signado por
densidad institucional suficiente.
Todos
estos desafíos apuntan hacia acciones que busquen la consolidación y
desarrollo de la ciudadanía laboral. Acciones que deben orientarse hacia la
maximización de oportunidades que plantea la globalización, pero también la
minimización de los riesgos que conlleva. Es este tipo de acción social el que
posibilitaría un verdadero desarrollo de ciudadanía laboral y que las cuentas
pendientes de la modernización centroamericana comiencen a saldarse.
1. The first decades of
modernization in Central America were characterized by three phenomena. First,
there was industrial modernization throughout the region, albeit unevenly
expressed, with not all states achieving the same level of modernization.
Second, in farming a perverse dynamics was consolidated, the main result of
which was a general spread of poverty. Third, the opportunities for
counteracting this trend by generating formal employment in cities were
inadequate and short-lived, because urban areas were also hit by labour trends
which generated a great deal of pauperization. The crisis of this process
during the 1980s meant that, with the exception of Costa Rica, labour markets
adjusted by different mechanisms to open unemployment. International migration
and informality were the principal manifestations of this adjustment. This
latter phenomenon continued to accentuate the trend towards insecure
employment, and specifically the highly territorial nature of this type of
modernization. The main consequence was an increase in pauperization which was
not always accompanied by a worsening of inequality.
2. In the 1990s, in the new context
of adjustment and globalization, there was a certain institutional redefinition
of the labour market in respect of which various phenomena should be
highlighted. First, there appears to have been a recovery in the minimum wage
as a basic point of reference, although in certain countries its purchasing
power leaves much to be desired. Second, except in the case of Panama, labour
reform does not indicate radical deregulation. In fact, historically the
Central American labour markets, both in practice and for reasons of political
development, have been regulated only to a very minor extent and because of
this have not suffered much institutional inflexibility. It is important to
highlight that, on the contrary, during this period there was a certain
recognition of the trade union issue as a result of the transnationalization of
labour union action which, paradoxically, globalization itself has brought
about. However, the legal gains do not appear to be being translated into
practice. Third, experiences of reduction in public employment are dissimilar
and relate to the dynamics of the reform of the state itself. Obviously, the
case of Nicaragua stands out in this respect. And fourth, attempts to generate
emerging employment based on the state’s own initiative have only had any
relevance in Honduras and Nicaragua. But the evidence indicates that this is
temporary and insecure employment which resolves neither the problems of
unemployment nor poverty.
3. In respect of the dynamics of
employment, on the supply side the most relevant point to highlight is the
continuation of the historic trend toward feminization of the labour market
which had already been accentuated since the crisis of the 1980s. On the demand
side, in terms of rural employment a general process of a move away from
agricultural work can be detected, combined with growing importance of
non-agricultural activities. With regard to urban employment the most
significant feature is the decline in the relative significance of public
employment. Self-employment continues to fulfil its function of readjustment in
labour market and the new accumulative axes relating to buying and selling
activities have generated important employment dynamics in new industry and in
tourism, but not in new agri-exports.
4. In the countries for which
information is available, there has been a decline in poverty in the those
which historically had lower levels of pauperization (Costa Rica and Panama)
while in the others (El Salvador and Honduras) the levels remain the same as
at the start of the decade. In terms of geography, there has been a generalized
reduction with the exception of the rural areas of El Salvador and the urban
areas of Honduras. There are also differences in the development of income
distribution, but with different characteristics: improvement in Honduras and
El Salvador but an increase in inequality in the other two cases. One must
highlight the growth of well-being in the case of Cuzcatleco QUERY, which
implies, by way of hypothesis, the redistributive impact of remittances.
5. For the immediate future various
basic trends can be identified in terms of labour dynamics and its impact on
social integration.
·
Formal employment will lose its central role, leading to relative
disintegration. This phenomenon could be manifested more clearly in the case of
public employment.
·
A new proletarization can be detected, linked with the new accumulative
axes emerging in activities such as new agri-exports, the export industry and
tourism. This is a heterogeneous process with two basic poles: one one hand
insecure jobs with similar consequences in terms of social integration, and on
the other a highly employable, upwardly mobile workforce.
·
Structural unemployment will be manifested as an inherent feature of
the new accumulative model, affecting mainly women and, above all, young
people. Its disintegratory consequences are obvious.
·
Migration, both external and intraregional, will continue to be one of
the principle labour market adjustment mechanisms in some countries. The
remittances generated could have an important impact in containing poverty, and
in reducing it.
·
A hard core of structural poverty will persist and will continue to
effect low-productivity activities – agricultural work and subsistence
self-employment in the cities. This problem has been aggravated in the cases
of Nicaragua and Honduras by the devastating effects of Hurricane Mitch.
·
The self-generation of employment can have a dynamic aspect in terms of
incorporation into the globalization process, through the development and
consolidation of territorial agglomerations of small businesses. The labour and
social dynamics will be marked, above all, by their local nature.
6. These trends raise the question
of the urban working class as the strategic socio-labour problem for the
immediate future. There are four key aspects to consider. First, although at
present the emphasis is on duties (employability), labour rights must not be
forgotten. Second, the territory of the urban working class is not
circumscribed by a national framework, rather it is extended transnationally
(via migration) as well as being locally fragmented. Third, numerous players
are emerging who display the entrepreneurial quality which is called on to
assume the central role in new social action. In this sense the urban working
class must be incorporated into the entrepreneurial culture. Fourth, the urban
working class can only be viable within a model of social action which combines
maximizing the opportunities presented by globalization with minimizing the
risks which, inevitably, it entails.
7. The group of trends explained under the previous point
present a whole collection of challenges in terms of intervention:
·
Unemployment and its disintegrating effects can be limited by improving
young people’s employability;
·
In order to be able to reduce the insecurity of the social integration
of intra-regional migrants, the urban working class must be recognized at a
Central American level;
·
The development of wage dynamics sustained by employability and capable
of limiting workers’ insecurity can be achieved on the basis of “high” ways of
accumulation geared to the use of human capital built on skills and
qualifications. This depends on forming a coalition committed to sustainable
and equitable globalized modernization.
·
The general spread of poverty in various countries in the region makes
it necessary to rethink the universalist scope of policies to combat
pauperization. For its part, vulnerability relates to the labour market and to
two aspects of the urban citizenry: retaining minimum rights and increasing
employability.
·
Sustainable development of territorial agglomerations of small
businesses means local development. In other words, it is essential for these
businesses to encounter an environment characterized by sufficient
institutional density.
All these challenges point to
actions aimed at consolidating and developing urban working class, actions
which must be aimed at maximizing the opportunities presented by globalization
while minimizing the risks it entails. It is this kind of social action which
will permit true development of the urban working class and which will make it
possible to start paying the outstanding bills of Central American
modernization.
América
Central, como el resto de América Latina, se ha insertado durante la década de
los 90 en el proceso de globalización. En todos los países, se han aplicado
programas de ajuste estructural que, aunque con resultados disímiles, han
iniciado el proceso de transformación del modelo acumulativo. En este mismo
sentido, han emergido toda una serie de nuevas actividades que insinúan una
articulación distinta a la economía mundial. Las denominadas agroexportaciones
no tradicionales, la industria de maquila y el turismo serían sus ejemplos más
visibles. Pero, igualmente, existe otra inserción a la globalización que no es
producto ni de las estrategias empresariales ni de las políticas
gubernamentales, sino de la propia sociedad centroamericana: la migración
laboral internacional. Además se detectan nuevas dinámicas de regionalización
como la movilidad de capitales que están definiendo una base centroamericana de
acumulación, la ya mencionada migración laboral y la emergencia de una nueva
institucionalidad no sólo supra-estatal sino también de la propia sociedad
civil. Por consiguiente, se puede decir que la región se encuentra ante un
nuevo momento histórico.
Pero
este nuevo momento no supone una ruptura radical con el pasado. Si bien la
región entra en una etapa económica que pudiera superar el modelo
agro-exportador tradicional, implantado a fines del siglo XIX, y en una fase
política donde los regímenes democráticos, basados en elecciones competitivas,
se han generalizado, hay lastres del período anterior. Persiste el
empobrecimiento y la desigualdad social aunque hayan cambiado de naturaleza. En
este sentido, como hemos argumentado en otro texto (Pérez Sáinz, 1996a), lo
social es la gran cuenta pendiente de la modernización centroamericana. Es a
partir de esta persistencia de la cuestión social que planteamos que el tiempo
de la región es aún el de la modernización. Por consiguiente, nuestra propuesta
es que América Central se encuentra cruzada por las dos temporalidades, la
impuesta por la globalización, como la suya propia, y que el actual momento
puede ser caracterizado como de modernización globalizada[1].
Las
reflexiones del párrafo precedente sirven para explicitar las dos coordenadas
analíticas del presente trabajo. Por un lado, la interpretación se va enmarcar
en una perspectiva histórica. El ejercicio prospectivo que se hará al final no
toma como referente en el tiempo el actual proceso de globalización como si se
tratase de "borrón y cuenta nueva" con el pasado, sino que también
toma en cuenta el tiempo de la modernización. Y por otro lado, el análisis de
las "cuentas pendientes" se va a llevar a cabo a partir de un par de
premisas que hay que explicitar aunque sea brevemente. Primero, se prioriza al
mercado laboral en tanto que se considera que el mismo es la principal
instancia de articulación entre economía y sociedad y, por tanto, el principal
mecanismo de transmisión de los efectos del proceso acumulativo en los hogares
y la población. Este hecho se ve realzado en el momento actual por la
centralidad otorgada al mercado que hace que el otro mecanismo básico de
(des)integración social, la acción estatal, haya perdido protagonismo[2].
Esto supone que el punto de partida es la identificación de tendencias en la
dinámica del empleo. Y segundo, las "cuentas pendientes" que se
quieren mostrar son las conocidas de la pobreza y la desigualdad. Añadamos que,
dado el carácter regional del estudio, las fuentes que se van a privilegiar son
aquellas que permiten la comparabilidad diacrónica y, sobre todo, intraregional[3].
A
partir de estas premisas el actual texto se ha estructurado a base de los
siguientes apartados. El segundo acápite se centra en los años 90 con el inicio
de lo que se ha llamado modernización globalizada donde se abordarán las
políticas laborales, la dinámica del empleo y los efectos sobre la pobreza y la
desigualdad social. A partir de este análisis, en un tercer apartado, se
intentará identificar las principales tendencias laborales, imaginando también
sus efectos en términos de dinámicas de integración social para introducir lo
que se piensa que es la cuestión clave, en términos de acción social, en el
ámbito del mundo del trabajo: la ciudadanía laboral. Este ejercicio prospectivo
se profundizará en las conclusiones donde se buscará formular grandes campos
de intervención que puedan incidir en la orientación futura del empleo y la
integración social centroamericana. Obviamente, este ejercicio prospectivo es
simplemente eso: un ejercicio. No debemos olvidar que la Historia siempre ha
sido y seguirá siendo esa vieja dama llena de sorpresas que no admite que
ningún tipo de teología le diga cuál es la senda que debe tomar.
Las
primeras décadas de modernización en Centroamérica estuvieron signadas por tres
hechos[4].
Primero, hubo modernización laboral en toda la región aunque sus expresiones
fueron desiguales y no todos los países alcanzaron igual nivel de
modernización. Segundo, en el agro se consolidó una dinámica perversa cuyo resultado principal fue la
generalización de la pobreza. Y tercero, las posibilidades de contrarrestar
esta dinámica mediante el desarrollo del empleo formal en las ciudades fueron
insuficientes y de corta duración por lo que las zonas urbanas se vieron
también sumidas a tendencias laborales generadoras más bien de pauperización.
La crisis de este proceso, durante la pasada década de los 80, supuso que, con
la excepción costarricense, los mercados laborales se ajustaran a través de
mecanismos distintos al desempleo abierto. Migración internacional e informalidad
fueron las principales expresiones de tal ajuste. Este último fenómeno
acentuaba la tendencia de precarización del empleo y en concreto la
territorialidad por excelencia de este tipo de modernización. La principal
consecuencia fue un incremento de la pauperización que no siempre fue acompañada
de un deterioro de la desigualdad (PREALC, 1986; Bulmer-Thomas, 1989; Menjívar
y Trejos, 1992; Pérez Sáinz, 1996a; BID, 1998).
Es con
este tipo de escenario que la región inició su inserción en el proceso globalizador
el cual se ha posibilitado con la aplicación de programas de ajuste estructural
en todos los países del Istmo. Estos programas han supuesto articulaciones
distintas, según el país, entre la economía y la política con resultados
también diferentes en términos de logros de reformas (Sojo, 1999a). Son sus
efectos, en términos de las problemáticas que conciernen a este texto, lo que
se quiere abordar en este apartado, comenzando con las reformas laborales cuyo
abordaje ayudará a contextualizar el análisis que se realizará posteriormente
de la evolución tanto del empleo como de la pobreza y la desigualdad social en
los 90.
Cuadro 1: Istmo Centroamericano: Políticas laborales
Países |
Salarios mínimos |
Reformas a la legislación laboral |
Reforma del Estado |
Seguridad Social (% de PEA con prestaciones
económicas) |
Programas de generación de empleo |
|
Guatemala |
Revisión bianual desde 1994. Pérdida del valor
adquisitivo. |
Reforma al Código de Trabajo por presiones de AFL-CIO |
Privatizaciones puntuales e inicio del Programa de
Retiro Voluntario |
30 |
Programa Alimentos por Trabajo. Impacto
ignorado. |
|
El Salvador |
Revisiones congeladas desde 1994. Leve pérdida del
valor adquisitivo. |
Reforma al Código de Trabajo por presiones de AFL-CIO |
Reducción de empleo público. |
23 |
No se registran políticas específicas |
|
Honduras |
Revisión anual excepto en 1994. Leve pérdida del valor
adquisitivo. |
Proyecto para flexibilizar algunos aspectos de las
relaciones laborales. |
Privatizaciones puntuales y programas de reducción del
empleo público. |
20 |
Fondo Hondureño de Inversión Social. 32 mil empleos por
año con una duración de 3 ó 4 meses. |
|
Nicaragua |
Una sola revisión (1997). Recuperación del valor
adquisitivo. |
Reforma total del viejo Código somocista. |
Transformación profunda del estado sandinista y
ejecución de cuatro programas de reducción del empleo público. |
20 |
Programa de Empleo Com-unitario (PEC) con 676.292
empleos tem-porales. Fondo Social de Emergencia (FISE), con 39.500 empleos
temporales al año. |
|
Costa Rica |
Dos revisiones por año. Mantenimiento del valor
adquisitivo. |
Reforma al Código de Trabajo por presiones de AFL-CIO |
Cierre de instituciones, privatizaciones puntuales y
eje-cución del Plan de Movilidad Laboral. |
50 |
Programa Nacional de Generación de Empleo. Impacto
ignorado. |
|
Panamá |
Revisiones congeladas desde 1995. Mantenimiento del
valor adquisitivo. |
Reforma de carácter “flexibilizador” del Código de
Trabajo. |
Fuerte plan de privatizaciones. |
54 |
Fondo de Emergencia (FES), generando 890 empleos. |
Fuente: Pérez Sáinz y Cordero ( 1997: cuadros 11 a 15).
Una
síntesis de las principales reformas y políticas laborales durante los 90 se
refleja en el cuadro 1.
El
primer aspecto por considerar es el que tiene que ver con los salarios mínimos
y que expresa el compromiso estatal por garantizar que el mercado laboral
permita la reproducción básica de la fuerza de trabajo, lo cual, obviamente,
tiene efectos directos sobre la pobreza y la equidad. En este sentido, el
salario mínimo es un referente social clave y, por tanto, es importante
mencionar que en la década de los 80 tal función se desdibujó por el deterioro
que sufrieron este tipo de remuneraciones, con la excepción de Costa Rica
(Pérez Sáinz, 1996: 112-114). Para la presente década el cuadro 2 cuantifica
este primer aspecto y del mismo hay que destacar que Costa Rica es, sin duda,
el país que tiene una política más activa de salarios mínimos, con dos
revisiones anuales. Un reciente estudio de la OIT (Del Cid y Tacsan Chen,
1998), a pesar de su representatividad limitada, permite tener una idea más
precisa del poder adquisitivo de estas remuneraciones. Datos para 1997 muestran
que Costa Rica es el país donde parecería que habría más poder adquisitivo, ya
que el salario mínimo de un(a) operario(a) industrial permitiría la adquisición
de una canasta y media básica alimentaria mientras que en Honduras sólo se
podría obtener un tercio de la misma; Panamá y El Salvador estarían en una
posición intermedia con la adquisición de una canasta[5].
Cuadro 2
Centroamérica: Índices de salarios mínimos nominales y reales Industrialesa
(1990=100)
|
|
Guatemala |
El Salvador |
Honduras |
Nicaragua |
Costa Rica |
Panamá |
||||||
|
Nominal |
Real |
Nominal |
Real |
Nominal |
Real |
Nominal |
Real |
Nominal |
Real |
Nominal |
Real |
|
|
90 |
100.0 |
100.0 |
100.0 |
100.0 |
100.0 |
100.0 |
- |
- |
100.0 |
100.0 |
100.0 |
100.0 |
|
91 |
116.0 |
87.1 |
112.1 |
98.0 |
147.6 |
110.2 |
100.0 |
100.0 |
119.8 |
96.0 |
100.0 |
98.7 |
|
92 |
116.0 |
79.1 |
128.8 |
101.2 |
165.5 |
113.6 |
100.0 |
83.1 |
137.0 |
88.5 |
100.0 |
97.0 |
|
93 |
116.0 |
69.7 |
156.6 |
103.9 |
190.3 |
118.0 |
100.0 |
69.1 |
143.9 |
81.3 |
112.8 |
109.0 |
|
94 |
160.0 |
85.4 |
176.8 |
106.0 |
190.3 |
97.0 |
100.0 |
64.1 |
241.9 |
117.4 |
112.8 |
107.5 |
|
95 |
160.0 |
78.8 |
194.4 |
106.0 |
233.8 |
92.0 |
100.0 |
57.7 |
196.1 |
78.9 |
120.2 |
113.5 |
|
96 |
176.0 |
78.1 |
194.4 |
98.7 |
317.2 |
100.8 |
100.0 |
51.8 |
317.9 |
106.8 |
120.2 |
112.5 |
|
97 |
176.0 |
73.2 |
194.4 |
94.4 |
358.6 |
95.9 |
200.0 |
102.6 |
339.4 |
101.1 |
120.2 |
100.3 |
a Salario mínimo minimorum urbano
Fuente: Del Cid y Tacson Chen, 1998: Cuadro C.1
Por
consiguiente, este conjunto de evidencia sugiere que sólo en Costa Rica, y en
menor medida en Panamá, el salario mínimo constituye un referente con
significado para el precio de la fuerza laboral, mientras que en otros países,
especialmente en Honduras y Nicaragua, se diluye tal significado. Además hay
que tomar en cuenta la cobertura del mismo que viene dada por el grado de salarización
del respectivo mercado de trabajo.
Retornando
al cuadro 1, su segunda columna tiene que ver con reformas a la legislación
laboral que suelen inscribirse, dentro de la lógica de los programas de ajuste
estructural, en la necesidad de desregular y flexibilizar los mercados
laborales. Como se puede observar, las reformas aprobadas por los órganos
competentes de los respectivos países son fundamentalmente de dos tipos: las
que tienen que ver con la regulación del conjunto de las relaciones laborales o
aspectos sustanciales de éstas, y las que competen los derechos de organización
sindical de los(las) trabajadores(as).
Respecto
al primer tipo de reformas, las de (des)regulación de las relaciones laborales,
la más significativa es, sin duda, la que se ha dado en Panamá. También se
podría incluir el caso hondureño pero con dos salvedades: no se trata de una
reforma total y aún se encuentra en discusión, por lo que no se ha plasmado
legalmente. La reforma al Código de Trabajo panameño, aprobada en agosto de
1995, es una reforma típica de flexibilización de las relaciones laborales. Los
aspectos medulares de la misma tienen que ver con regulaciones básicas tales
como los procedimientos de despidos, indemnizaciones, contratos por plazo
determinado, fijación de los salarios, etc. O sea, conquistas básicas de los
trabajadores han sido afectadas por esta flexibilización. Pero, ha sido en
torno al abaratamiento del costo del despido (disminución del monto máximo de
indemnización por despido injustificado y cambio de la prima de antigüedad por
un seguro de desempleo) que se ha estructurado esta estrategia de
flexibilización (Beluche, 1999: 2). No obstante, al mismo tiempo, los derechos
sindicales adquiridos fueron respetados, otorgándose también importancia al
instrumento de la convención colectiva.
Los
casos de reformas laborales, en el campo de las libertades sindicales son El Salvador[6],
Costa Rica, Guatemala y Honduras, aunque en este último país no se ha expresado
en reformas concretas a la legislación. Como bien se sabe, en estos cuatro
países, el asunto que ha estado de por medio es la solicitud elevada por la
AFL-CIO ante el Congreso de Estados Unidos de excluir del Sistema General de
Preferencias a aquellos países que violaran las libertades sindicales[7].
Es decir, se ha dado una transnacionalización de la arena de la acción social y
las oportunidades de la globalización incidieron en un sentido proregulatorio y
no en el inverso. Además, en el caso salvadoreño habría que agregar la
coyuntura especial por la que atravesaba ese país, después de los acuerdos de
paz tendientes a “normalizar” la vida civil del país y a garantizar un conjunto
de demandas sociales[8].
No obstante, cabe preguntarse si las reformas aludidas tendientes a un
verdadero respeto de las libertades sindicales, han tenido una implementación
efectiva.
El
Banco Mundial, desde su afán desregulador del mercado de trabajo, ha elaborado
un par de índices que expresarían el grado de reformas de tal mercado. Para el
Istmo centroamericano y para el primer lustro de los 90, el primero de estos
índices[9]
muestra varios fenómenos. Primero, sería Belice el país donde el nivel de
desregulación sería el mas avanzado; un hecho que se relaciona con la tradición
legislativa británica, legado del colonialismo. Segundo, el caso contrario lo
representa Nicaragua. En este caso el legado provendría de la experiencia
sandinista. Tercero, el resto de los países[10]
tienen valores cercanos a 0 que expresaría una posición intermedia dentro del
espectro (des)regulador de América Latina y el Caribe[11].
Cuarto, no todos los países han experimentado cambios en ese quinquenio, con la
excepción de Panamá que muestra un incremento de la flexibilización de su
mercado laboral. Fenómeno que se refleja claramente al considerar el segundo
índice (es el único país del Istmo para el cual se ha estimado el mismo) al
pasar de –3.4 a 2.6 (Burky y Perry, 1997: cuadro 2.5).
La
reforma del propio Estado y su impacto sobre el empleo público es la siguiente
dimensión considerada. Sin duda el caso a referirse es el nicaragüense ya que
tal reforma ha supuesto el desmantelamiento del Estado sandinista y, por tanto,
es donde ha habido mayor impacto sobre el empleo público[12].
La reducción del número de empleados públicos se inició ya en el período
sandinista, con la política de compactación que llegó a afectar a unas 21.000
personas en el bienio 1988-89, las que fueron a parar sea a actividades
informales o al desempleo (Evans, 1995: 223). Con el gobierno de Barrios de
Chamorro se puso en funcionamiento, en 1991, el Programa de Conversión
Ocupacional que planteándose como objetivo "desmovilizar" a 10.000
personas, superó ampliamente esta meta alcanzando la cifra de 25.000. En 1994
tuvo lugar una nueva iniciativa, el Programa de Movilidad Laboral, con la
finalidad de reducir 13.500 puestos de trabajo de manera escalonada. A
mediados de 1995 los logros alcanzados eran inferiores a los esperados. Además
de este conjunto de programas, tal vez la medida más impactante fue la que
afectó a los Ministerios de Defensa y Gobernación con la finalización del
conflicto bélico de los años 80. Se estima en torno a las 75.000 las personas
desmovilizadas (Pérez Sáinz y Cordero, 1997: cuadro 13).
Una
tercera dimensión considerada tiene que ver con la seguridad social y cuyo
impacto se muestra en porcentajes de cobertura de la PEA. Los mismos reflejan
el peso histórico de desarrollo social de cada país y la consolidación
institucional del sistema del seguro social. Así, Costa Rica sería el caso más
avanzado de la región. Panamá se ubica en una posición intermedia, aunque en
términos de cobertura de fuerza laboral es similar al caso costarricense. Los
cuatro países restantes comparten enormes deficiencias en su desarrollo
incipiente, aún cuando cada uno tiene sus propias especificidades (CEPAL, 1995:
4-6). Es importante también señalar que en dos de los países centroamericanos
se han llevado a cabo procesos de reformas de los sistemas de pensiones
orientados hacia su privatización, teniendo como referente la experiencia
chilena. En el caso salvadoreño se acabó imponiendo la privatización propuesta
por el gobierno, mientras que en Costa Rica, el resultado ha sido la
formulación de una propuesta consensuada de modelo mixto (Mesa-Lago, 1999).
La
última columna remite a programas especiales de generación de empleo[13].
Como puede observarse, en todos los países de la región - excepto en el caso
salvadoreño - se registran programas oficiales de generación de empleo[14].
En cuanto a las orientaciones de tales programas, generalmente persiguen
ejecutar determinadas tareas sociales (como nutrición, salud, construcción de
obras comunales, etc.) que al mismo tiempo, y en tanto objetivo colateral,
generen empleo. Si bien en algunos casos, en Honduras y sobre todo en
Nicaragua, las cifras oficiales son importantes hay que relativizarlas en un
doble sentido: por un lado, se está hablando de trabajos de corta duración y,
por otro, la calidad de los mismos es bastante deficiente[15].
Resumiendo,
se puede decir que en la redefinición institucional del mercado de trabajo, en
el nuevo contexto de ajuste y globalización, habría varios fenómenos que
resaltar. Lo primero, es que parece que ha habido una recuperación del salario
mínimo como referente básico aunque, en ciertos países, su capacidad
adquisitiva deja mucho que desear. Segundo, las reformas laborales no apuntan
hacia una desregulación radical con la excepción panameña. De hecho, históricamente,
los mercados de trabajo centroamericanos, en la práctica y por razones del
desarrollo político, han estado muy poco regulados y han tenido, por tanto,
poca rigidez institucional[16].
Es importante resaltar que, por el contrario, en estos años ha habido un cierto
reconocimiento del sujeto sindical producto de la transnacionalización de la
acción sindical que ha inducido, paradójicamente, la propia globalización. No
obstante, los logros legales obtenidos no parecen traducirse en la práctica.
Tercero, las experiencias de reducción de empleo público son disímiles y
remiten a las dinámicas de la propia reforma del Estado. Obviamente, el caso
nicaragüense destaca en este sentido. Y cuarto, los intentos de generación de
empleo emergente, a partir de la propia iniciativa estatal, sólo han tenido
relevancia en Honduras y Nicaragua. Pero, la evidencia apunta que se trata de
empleo temporal y precario que no resuelve ni problemas de desempleo ni de
pobreza.
Lo más
importante de estos cambios son sus repercusiones en términos de actores y de
acción social. Al respecto tres serían las consecuencias. Primero, la
presencia estatal tiende a debilitarse por una doble causa: por un lado, porque
el ajuste estructural reduce su protagonismo y peso, como en otras latitudes
latinoamericanas, y por otro lado, porque se transnacionalizan las arenas de
acción colectiva. Segundo, el sindicalismo centroamericano, que con la
excepción relativa de Honduras y de ciertas coyunturas políticas, nunca ha sido
un actor gravitante, se encontraría actualmente en estado de postración. Esto
tiene una doble consecuencia: por un lado, su ámbito de influencia tiende a
reducirse al empleo público (un espacio ocupacional amenazado) y, por otro
lado, permite la competencia de otros actores (el caso del solidarismo en Costa
Rica sería el más patente pero no el único). Y tercero, como corolario de lo
anterior, el mercado laboral se está configurando como una arena de acción no
colectiva, sino más bien individual[17].
Esto supone que empresas y hogares adquieran el protagonismo y que sus
orientaciones y comportamientos sean los factores que determinan,
fundamentalmente, las tendencias del empleo que se va a abordar a
continuación.
El
análisis de los mercados laborales de la región se llevará a cabo de manera
tradicional; o sea, abordando primero la oferta del mismo para luego desplazar
el énfasis interpretativo hacia el lado de la demanda. Pero, se añadirán dos
cuestiones de gran importancia. Por un lado, se contemplarán las tendencias en
términos de desempleo. Si la informalidad fue la gran cuestión a considerar en
la década de los 80, el desempleo parecer ser la problemática de los 90 no sólo
en el Istmo Centroamericano, sino también en el resto de América Latina. Y, por
otro lado, se analizará también el principal impacto de la globalización sobre
la fuerza de trabajo: su migración internacional que, como ya se ha señalado,
constituye una de las principales modalidades de inserción de la región en el
proceso globalizador.
El
cuadro 3 muestra algunas tendencias básicas del empleo desde el lado de la
oferta. Al respecto varios son los comentarios que se pueden hacer.
Cuadro 3
Istmo Centroamericano: Evolución de la población
economicamente activa
(1990-1995)
|
Niveles y tasas de crecimiento |
Guatemala |
El Salvador |
Honduras |
Nicaragua |
Costa Rica |
Panamá |
|
Niveles (1990) |
|
|
|
|
|
|
|
PEA total (miles de personas) |
2.756 |
1.650 |
1.654 |
1.283 |
1.104 |
861 |
|
% PEA femenina |
16.2 |
24.9 |
19.0 |
24.5 |
22.2 |
27.2 |
|
% PEA urbana |
40.5 |
54.1 |
45.0 |
56.4 |
47.5 |
57.3 |
|
Tasas anuales de crecimiento (1990-95) |
|
|
|
|
|
|
|
PEA total |
3.2 |
3.2 |
3.5 |
4.6 |
2.8 |
2.4 |
|
PEA femenina |
7.4 |
3.7 |
7.1 |
3.8 |
6.4 |
4.3 |
|
PEA urbana |
4.5 |
5.0 |
6.0 |
5.3 |
4.6 |
3.8 |
Fuente: Menjívar Larín y Rodríguez Román (cuadros 2.1,
2.2, 2.3, 2.4 y 2.8)
Primeramente,
durante el quinquenio considerado los mercados laborales se han mostrado
dinámicos, reflejando la recuperación de las economías. No obstante, no todo
ese crecimiento de la PEA se concretó en empleos, sino que también se
mantuvieron niveles de desocupación que en algunos países han sido altos, como
se verá más adelante. Se puede observar también que los mercados de trabajo de
los países más septentrionales se han mostrado más dinámicos. Al respecto hay
dos casos a resaltar. Por un lado, estaría Nicaragua que se muestra como el de
mayor dinamismo pero, como se apreciará más adelante, tanto los fenómenos del desempleo
como de la emigración son importantes en la dinámica laboral de este país. Y,
por otro lado, está la situación salvadoreña que, comparando con la baja tasa
de los años 80, la recuperación de la dinámica ocupacional insinuaría que el
mercado laboral se ha adaptado al fenómeno migratorio y, con la finalización
del conflicto, ha retomado sus ritmos históricos.
A
inicios de la década se puede identificar dos grupos de países a base del peso
de la fuerza laboral femenina dentro de la PEA. El primero lo constituiría los
dos casos que, como veremos inmediatamente, tienen estructuras de empleo más
ruralizadas y donde esa participación femenina es inferior a un quinto del
total de la mano de obra[18].
En el resto hay que diferenciar a El Salvador de los otros tres países respecto
a lo cuales la hipótesis a formular es el peso del sector público,
especialmente en Panamá. En el caso cuscatleco se debería pensar en el impacto
de la migración fundamentalmente masculina, aunque esa tendencia se esté
relativizando. Pero el caso de mayor feminización del mercado laboral sería el
beliceño donde, para 1993, casi un tercio (32.7%) del total de 68.860
trabajadores eran mujeres (CSO, 1994)[19].
También de este cuadro queda claro la continuación de la tendencia de
feminización de los mercados laborales ya existente desde la década anterior
(Pérez Sáinz, 1996). En todos los casos, la tasa de crecimiento de la PEA
femenina es superior a la global y son los dos países de menor nivel los que
crecen más. Pero si combinamos estos dos aspectos (nivel inicial y dinamismo)
sería Costa Rica el país donde habría acaecido una feminización laboral más
significativa[20].
También
este cuadro permite abordar la tendencia de la urbanización del empleo. A
inicios de los 90 tres países podrian ser considerados, aún desde una
perspectiva laboral, como predominantemente rurales, sobresaliendo el caso de
Guatemala. La urbanización aparece también como una tendencia de alcance
regional y en esta dinámica destaca, sin lugar a dudas, Honduras.
Con
los cuadros 4a y 4b, el análisis se desplaza hacia el lado de la demanda del
mercado laboral, aunque está reducido sólo a tres países[21].
El primero de ellos se centra sobre el empleo rural y lo que muestra, a inicios
de la década, son dos situaciones distintas: por un lado, los casos de Honduras
y Panamá donde en el agro y en las zonas rurales, en general, la economía
campesina tiene un gran peso; y, por otro lado, Costa Rica donde ese peso se
concentra más bien en el sector privado. Observaciones censales, hacia mitad de
la década, muestran que tanto el caso guatemalteco como el nicaragüense se
asemejan al segundo tipo de situación con el 61.4% (INE, 1996: cuadro VI.4) y
el 58.2% (INEC, 1997: cuadro 3) de la fuerza laboral, respectivamente, en el
estrato campesino.
Cuadro 4 a
Istmo Centroamericano: Estructura del empleo rural
(1990-1995)
(porcentajes)
|
|
|
Asalariados |
|
|
|
Países y años |
Empleadores |
Sector público |
Sector privado |
Trabajadores independientes 1 |
Costa Rica
|
|
|
|
|
|
1990 |
5.1 |
10.5 |
55.7 |
28.7 |
|
1997 |
7.1 |
9.0 |
58.8 |
25.2 |
Honduras
|
|
|
|
|
|
1990 |
0.5 |
4.0 |
30.9 |
64.6 |
|
1997 |
2.6 |
3.4 |
31.4 |
62.6 |
Panamá
|
|
|
|
|
|
1991 |
2.9 |
12.5 |
26.6 |
58.0 |
|
1997 |
2.2 |
10.1 |
36.0 |
51.6 |
1 Trabajadores por cuenta propia y familiares no remunerados.
Fuente: CEPAL (1999c: cuadro 5).
Regresando
a los resultados del cuadro, se puede observar que la dinámica para el primer
lustro de esta década es la misma en los tres casos: un proceso de
descampesinización acompañado con la subsiguiente salarización. Esta tendencia
se contradice en el caso salvadoreño. Si bien hay pérdida absoluta de puestos
de trabajo en la rama agrícola, el peso de trabajadores independientes dentro
de la misma, ha pasado de 39.3% en 1991-1992 a 47.8% en 1997 (MIPLAN,
1993,1998: cuadro D05). Sin embargo, esta imagen es muy gruesa y en el agro centroamericano hay
transformaciones en curso, ya iniciadas en los 80, no reflejadas en estos
datos y que son importantes en términos de la dinámica futura del empleo rural.
Por un
lado, hay que señalar la diversificación de ingresos por parte de campesinos,
lo que cuestiona la viabilidad histórica del binomio grandes fincas de
exportación y minifundios de subsistencia, lo que ha constituido la columna
vertebral de los mercados laborales rurales en la región durante décadas
(Baumeister,1991). Y, por otro lado, también hay que mencionar el desarrollo de
las denominadas nuevas agroexportaciones[22]
que, desde mediados de la década ochenta, han tenido una expansión importante.
En términos laborales, la evidencia recabada en un estudio comparativo entre
Costa Rica y Honduras muestra lo siguiente: primero, la generación de puestos
de trabajo ha sido muy marginal, representando para 1989 apenas el 5% (Costa
Rica) y el 2% (Honduras) del empleo agropecuario. Segundo, en el caso costarricense,
este tipo de actividades ha servido para paliar las pérdidas del puesto de
trabajo en el agro por los efectos del ajuste estructural, mientras que en
Honduras el saldo habría sido más positivo. Tercero, hay generación de empleo
indirecto que varía de cinco por puesto de trabajo directo, en Costa Rica, a
catorce, en Honduras. Cuarto, estos tipos de cultivos han reforzado tendencias
hacia la salarización de mano de obra rural con predominio del empleo
permanente en el caso costarricense y temporal en el hondureño. Y también se
detectan oportunidades de ocupación para las mujeres que están mejor remuneradas
que en otras actividades agrarias (Weller, 1992). Estudios más focalizados han
mostrado que esta participación femenina es clave (Dary Fuentes, 1991; Rojas y
San Román, 1993).
Por su
parte, el cuadro 4b, de factura similar al anterior, muestra la estructura del
empleo urbano para los mismos tres países. Así, Costa Rica y Panamá se muestran
como los casos de mayor modernidad laboral reflejados, sobre todo, en el peso
del empleo público, especialmente en el segundo de estos países. Honduras, por
su parte sería representativa del resto de la región, con un mayor peso del
segmento autogenerador de empleo, en concreto de su componente del trabajo por
cuenta propia[23].
En efecto, en Guatemala y para la observación censal de 1994, se detecta que el
trabajo independiente constituiría el 29.4% del total de la fuerza laboral
urbana mientras que el peso del empleo público sería de apenas 11.6% (INE,
1996: cuadro VI.4). Para este país es importante rescatar la hipótesis
formulada por el INIES (1998: 73) sobre los efectos de la apertura sobre el
empleo ya que podría aplicarse a otros casos de la región. Se postularía que la
incapacidad por parte de segmentos importantes del empresariado industrial de
encarar las importaciones, los habría llevado a reconvertirse hacia actividades
ligadas a la importación y el comercio. El efecto ocupacional habría sido en
muchos casos un descenso del empleo industrial de grandes establecimientos.
Este peso mayor del trabajo independiente acaece también en Nicaragua, donde su
observación censal de 1995 muestra que el 35.6% de la fuerza laboral urbana
corresponde a esta categoría (INEC, 1997: cuadro 3).
Cuadro 4 b
Istmo Centroamericano: Estructura del empleo no agricola
(1990-1997)
(porcentajes)
|
Países y años |
Trabajo independiente 1 |
Servicio doméstico |
Empresas pequeñas 2 |
Sector público |
Grandes empresas privadas |
Costa Rica
|
|
|
|
|
|
|
1990 |
18.1 |
5.8 |
18.4 |
22.0 |
35.7 |
|
1997 |
18.8 |
5.4 |
22.6 |
17.0 |
36.2 |
Honduras
|
|
|
|
|
|
|
1990 |
36.3 |
6.9 |
10.8 |
14.9 |
31.0 |
|
1997 |
38.1 |
5.8 |
12.7 |
10.3 |
33.1 |
Panamá
|
|
|
|
|
|
|
1990 |
20.4 |
7.2 |
12.8 |
32.0 |
27.5 |
|
1997 |
21.5 |
7.1 |
13.0 |
21.8 |
36.6 |
1 Incluye trabajadores por cuenta
propia (excepto administrativos, profesionales y técnicos) y trabajadores
familiares.
2 Ocupados en establecimientos
con menos de 5 ó10 trabajadores dependiendo de la información disponible.
Fuente: OIT ( 1998: cuadro 6-A ).
Retornando
al cuadro y en términos de evolución, cada país representa una situación
particular que, probablemente, se puede explicar por las especificidades de la
implementación de estrategias de ajuste estructural, pero se pueden formular
tres conclusiones de alcance regional.
Primero, el gran perdedor de la recuperación de los años 90 es el empleo público
que ve disminuir su peso relativo en la estructura del empleo urbano en los
tres países[24].
Segundo, las grandes empresas privadas mantienen capacidad de generación de
empleo. Y tercero, lo que en el período modernizador previo se denominó sector
informal[25],
sigue jugando un papel importante en la absorción de mano de obra tanto en
términos de trabajo por cuenta propia, pero sobre todo a base de la pequeña
empresa
Pero,
como en el caso del agro, ésta es una visión demasiado global que no permite apreciar
transformaciones en curso, especialmente, en lo que se refiere a empresas
pequeñas y grandes firmas privadas. De hecho, el problema es más serio ya que
tiene que ver con la pérdida de pertinencia analítica de las categorías de
segmentación clásicas (el corte formal/informal) que remiten a la
estructuración del mercado de trabajo en términos de la dinámica modernizadora
previa. Este problema ya lo hemos planteado en otros textos, proponiendo la
emergencia de nuevos escenarios laborales en la región (Pérez Sáinz y Cordero,
1994a; Pérez Sáinz, 1998b). En concreto se trata de dos nuevas actividades que
expresan ejes de acumulación emergentes significativos para la región
centroamericana: la industria de maquila y el turismo.
En
cuanto a la primera de ellas hay que señalar que las estimaciones más
recientes, y de naturaleza prudente, señalan la creación de un cuarto de millón
de empleos directos en el Istmo donde los casos más relevantes serían los
siguientes: Guatemala (61.000), El Salvador (38.000), Honduras (75.000) y Costa
Rica (48.000)[26].
Esto supone que el peso de esta nueva industrialización, respecto del total del
empleo industrial, varía del 23% en Nicaragua al 38% en Guatemala (OIT, 1997:
10). Por otro lado, diversos estudios sobre la maquila en Centroamérica
muestran un perfil común de la fuerza laboral empleada (Pérez Sáinz y
Castellanos, 1991; Altenburg, 1993; Price Waterhouse, 1993; Pérez Sáinz,
1994b). Se está ante una fuerza laboral femenina, joven y con poco nivel de
instrucción[27].
Con menor seguridad se puede afirmar que esta mano de obra no ejerce la
jefatura del hogar y que no aporta la mayoría de su ingreso a la unidad
familiar[28].
Este
perfil laboral insinúa que el tipo de industria que se estaría desarrollando en
la región sería de ensamblaje con uso intensivo en mano de obra. De hecho, se
trata de maquila de confección. Pero, si bien este tipo de actividad es
predominante, no es la única y en Costa Rica, el país con mayores costos
laborales, se ha dado diversificación con implantación de empresas de alta
tecnología, especialmente en el campo de la electrónica, donde se hace un uso
de mano de obra más calificada con empleos menos precarios. El caso más notorio
es, por supuesto, el de Intel, líder mundial en semiconductores, que con una inversión
inicial de 300 millones de dólares había generado 2.300 puestos de trabajo para
fines de 1998, que deben ampliarse a 3.000 cuando se complete el desarrollo de
la planta con 200 millones de dólares adicionales de inversión. Pero, ya
previamente a esta empresa, existían 40 empresas extranjeras en el sector
electrónico, además de 130 empresas, en su gran mayoría costarricenses, que
desarrollan “software” (INCAE/HIID, 1999: 44)[29].
Pero
la industria de maquila permite también una inserción en la globalización a los
productores pequeños. Ésta es una inserción mediada y que tiene lugar a través
de la subcontratación. Este fenómeno responde a los imperativos de
flexibilización productiva que impone la globalización. El conocimiento sobre
la subcontratación por empresas maquiladoras es muy limitado ya que existen muy
pocos estudios al respecto[30],
pero muestran situaciones muy contrastantes que dan cierta idea del abanico de
realidades de subcontratación en la región.
El otro eje acumulativo nuevo sería el de la actividad de
turismo. Su dinamismo se refleja en el hecho que en 1990 ingresaron en la
región 1.531.634 turistas, flujo que se incrementó en casi un millón más
(2.435.115) siete años más tarde. Esto ha supuesto que, si para inicios de la
década esta actividad había generado 520.1 millones de dólares en divisas, este
monto se había elevado a 1.335.1 en 1997. Destacan dos países, Guatemala y
Costa Rica. Pero si el primero de ellos, a inicios de la década recibía un poco
más de medio millón de visitantes (508.514), superando al segundo (435.037), ya
para 1997, Costa Rica había alcanzado los 811.490 turistas, cifra superior a la
guatemalteca (576.362) (CANATUR, 1998). En términos de empleo, las estimaciones
son muy gruesas y señalan que, en 1995, el número de puestos de trabajo
directos e indirectos en Guatemala sería de 60.000. Esta misma cantidad sería
la existente en Costa Rica para 1996, pero sólo de empleo directo. Se estima
que, de manera indirecta, se ha generado igual número de ocupaciones (Leroux, s.f.)[31].
En esta dinámica
tampoco ha estado ausente la pequeña empresa como en el caso de la industria de
maquila. Pero además el turismo, como escenario de globalización, ha permitido
que ciertas comunidades artesanales, ante la demanda de sus productos por
turistas, se hayan podido integrar a este proceso. Existen en la región algunos
estudios[32]
sobre algunas de estas comunidades que muestran como la movilización de capital
social juega un papel determinante en este tipo de contexto.
Cuadro 5
Istmo Centroamericano: Evolución del desempleo abierto urbano, según sexo y
edad durante la decada de los 90 (porcentajes)
|
Tasas y años |
El Salvador |
Honduras |
Nicaragua |
Costa Rica |
Panamá |
|
Desempleo total |
|
|
|
|
|
|
1990 |
9.9 |
6.9 |
21.9 a |
5.4 |
20.0 b |
|
1997 |
8.0 |
5.2 |
12.9 |
5.9 |
15.6 c |
|
Desempleo femenino |
|
|
|
|
|
|
1990 |
9.8 |
5.2 |
19.5 a |
6.2 |
22.6 b |
|
1997 |
9.5 |
3.2 |
12.4 |
6.8 |
20.1 c |
|
Desempleo
juvenil e |
|
|
|
|
|
|
1990 |
18.6 |
10.7 |
- |
8.5 |
38.8 b |
|
1997 |
13.1 d |
8.4 |
- |
11.4 |
29.5 c |
a: 1993; b: 1991; c: 1998; d: 1996; e: Los intervalos
etáreos son los siguientes: EL Salvador y Panamá (15 a 24 años); Honduras (10 a
24 años); y Costa Rica (12 a 24 años).
Fuente: OIT ( 1998: cuadros 3-A y 4-A).
Concluimos este subapartado abordando los fenómenos del
desempleo y de la migración internacional de fuerza de trabajo. La evolución
del primero se refleja en el cuadro 5.
A
inicios de la década destacan las situaciones de Nicaragua y Panamá.
Históricamente tanto el mercado laboral panameño, por su mayor modernidad como
el costarricense, ha tendido a ajustarse, en momentos de contracción económica,
a través del incremento del desempleo abierto. No obstante, se está ante un
nivel de desocupación muy alto. Pero es la situación nicaragüense la que causa
más perplejidad ya que el mecanismo de ajuste ha sido, históricamente, el
subempleo a través del desarrollo de la informalidad. Ambos casos compartían en
ese momento una coyuntura de crisis política profunda. En Panamá se estaba
saliendo de las consecuencias de la invasión por parte del ejército
estadounidense y en Nicaragua se empezaba la transición postsandinista. En este
sentido, se puede pensar que la crisis política exacerbó los mecanismos
laborales tradicionales en Panamá y en el caso nicaragüense empezaba a
mostrarse que la autogeneración de empleo alcanzaba sus límites estructurales
de absorción de excedente laboral, especialmente de aquél proveniente de la
reducción drástica del empleo público. En términos de la observación más
reciente, se puede visualizar que ha habido una reducción de esos altos niveles
de desocupación en ambos países. En Panamá puede especularse que ha sido el
sector privado, como se observó en el cuadro precedente, el que ha absorbido
gran parte de esa reducción. Por el contrario, en el caso nicaragüense la
hipótesis debe apuntar hacia el desarrollo de la migración externa,
especialmente hacia Costa Rica.
Respecto
al resto de la región[33]
en Belice se ha registrado un incremento de la tasa de desempleo abierto del
9.8% en 1993 al 14.3% en 1998. Pero esta última cifra puede deberse, en parte,
a factores coyunturales de orden político. En concreto, sería consecuencia de
la incertidumbre generada en los medios empresariales por las promesas
electorales del partido de oposición (Sosa, 1999: 3).
Este
mismo cuadro contiene información sobre los niveles de desempleo de los dos
grupos socio-demográficos que suelen estar más afectados por este fenómeno. En
cuanto a las mujeres, lo mencionado se cumple sólo en los dos casos de mayor
modernización laboral (y en El Salvador para la segunda observación) donde destaca
el caso panameño respecto al que se insinúa que la absorción de desocupados,
durante los 90, benefició menos a las mujeres[34].
Pero son los jóvenes, sin lugar a dudas, los grandes afectados por este
problema. Al respecto hay que destacar el caso costarricense donde hay un
incremento del nivel de desempleo juvenil, pero que puede tener un carácter
cíclico ya que ése ha sido un año de poco crecimiento de la economía de ese
país[35].
Se
concluye con el fenómeno migratorio el cual, además de su impacto fundamental
en términos de remesas[36],
juega un papel también clave respecto al ajuste del mercado de trabajo. Al
respecto es importante referirse a los casos salvadoreño y nicaragüense. Es en
el aquel país donde este fenómeno ha tenido mayor incidencia. Se ha estimado
que en torno al 15% de la población de
este país ha emigrado en los 80. La fuerza laboral que lo ha hecho se
caracteriza por su condición masculina, edad entre los 20 y 29 años y mayor
educación. A su vez el envío de remesas ha tenido múltiples impactos en el
mercado laboral salvadoreño: ha incidido negativamente en la tasa de
participación de los no migrantes; ha afectado los salarios; y ha reducido las
presiones en términos de desempleo (Funkhouser, 1992a)[37].
También para el caso nicaragüense se detecta que la población emigrante se
encuentra en edad de trabajar, tiene mayor nivel de escolarización y proviene
de ocupaciones no manuales. Igualmente las remesas han impactado negativamente
sobre la participación laboral, pero han tenido efectos positivos, aunque
moderados, en la generación de autoempleo (Funkhouser, 1992b).
Por su
parte, el caso nicaragüense es de importancia especial ya que el mercado
laboral de ese país ha sido el que ha sufrido transformaciones mayores con la
aplicación de medidas de ajuste estructural. Estas medidas han supuesto, ante
todo, el desmantelamiento de la economía mixta desarrollada durante el régimen
sandinista. Así, se dio un descenso drástico del empleo público y el sector
informal parece haber alcanzado sus límites estructurales de absorción de
excedente laboral[38].
El mercado de trabajo se ha ajustado, en primer lugar, con un incremento
espectacular del desempleo abierto, como se ha podido apreciar en el cuadro
precedente. Y el segundo mecanismo ha sido la migración hacia Costa Rica, que
actúa como una verdadera válvula de escape (Funkhouser y Pérez Sáinz, 1998)[39].
Los cambios laborales del país meridional han favorecido la incorporación de
los migrantes nicaragüenses, los cuales se han empleado en actividades poco calificadas
donde se requiere una fuerza de trabajo joven en condiciones de ofrecer un
rendimiento laboral intenso. Además de constituir una mano de obra más barata
es, en términos de derechos laborales, que parece que se establecen las
diferencias más significativas con los trabajadores costarricenses (Morales y
Castro, 1999)[40].
Como
se ha mencionado en la introducción de este apartado, el último aspecto a
considerar es el que tiene que ver con las dinámicas de pobreza y de
distribución del ingreso. Las primeras pueden ser observadas en el cuadro 6[41].
Cuadro 6
Istmo Centroamericano: Evolución de la pobreza
durante la decada de los 90
|
Niveles de
pobreza |
El Salvador |
Honduras |
Costa Rica |
Panamá |
|
|||||||||||||
|
|
1995 |
1997 |
1990 |
1997 |
1990 |
1997 |
1991 |
1997 |
|
|||||||||
|
Hogares bajo línea de pobreza (%) |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|||||||||
|
- total país |
48 |
48 |
75 |
74 |
24 |
20 |
36 |
27 |
|
|||||||||
|
- total urbano |
40 |
39 |
65 |
67 |
22 |
17 |
34 |
25 |
|
|||||||||
|
- total rural |
58 |
62 |
84 |
80 |
25 |
23 |
43 |
34 |
|
|||||||||
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|||||||||
|
Hogares bajo línea de indigencia (%) |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|||||||||
|
- total país |
18 |
19 |
54 |
48 |
10 |
7 |
16 |
10 |
|
|||||||||
|
- total urbano |
12 |
12 |
38 |
35 |
7 |
5 |
14 |
9 |
|
|||||||||
|
- total rural |
27 |
28 |
66 |
59 |
12 |
9 |
21 |
14 |
|
|||||||||
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|||||||||
|
Hogares encabezados por mujeres en zonas urbanas (%) |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|||||||||
|
- total hogares |
31 |
30 |
27 |
29 |
23 |
27 |
26 |
28 |
|
|||||||||
|
- pobres no indigentes |
31 |
33 |
21 |
28 |
25 |
36 |
29 |
25 |
|
|||||||||
|
- indigentes |
38 |
36 |
35 |
32 |
36 |
51 |
34 |
37 |
|
|||||||||
|
Ocupados en situación de pobreza (%) |
|
|
|
|
|
|
|
|
||||||||||
|
-
total ocupados en zonas urbanas |
34 |
35 |
60 |
64 |
15 |
10 |
26 |
18 |
|||||||||
|
-
asalariados de establecimientos con
más de 5 personas ocupadas a |
35 |
33 |
56 |
69 |
15 |
10 |
38 |
17 |
|||||||||
|
-
trabajadores por cuenta propia en
comercio y servicios a |
41 |
| |||||||||||||||